17.1.18

atados al sillón

Por eso también en las magistraturas políticas, cuando la ciudad está constituida sobre la igualdad y semejanza de los ciudadanos, se considera justo que estos ejerzan la autoridad por turno. En una época anterior, juzgaban digno cumplir un servicio público turnándose, como es natural, y que otro, a su vez, velara por su interés, como antes él, cuando gobernaba, miraba por el interés de aquél. Mas ahora, a causa de las ventajas que se obtienen de los cargos públicos y del poder, los hombres quieren mandar continuamente, como si el poder procurase siempre la salud a los gobernantes en estado enfermizo.

ARISTÓTELES
“Política (III)”

16.1.18

rosa de oro

(…)

A comienzos de 1967, Borges le cuenta a Bioy que recibió la visita de unos intelectuales mexicanos. Cansados de la poca importancia que Estocolmo les daba a los autores de la región planeaban un premio más importante que el Nobel, solo para latinoamericanos. Nuestro poeta les comentó que nunca sería más importante que el Nobel si no lo abrían a todos los escritores del mundo. Y aconsejó, siempre rápido y filoso, que “para enseñarles a los suecos, premiaran durante los primeros tres o cuatro años a escritores suecos”.

El proyecto de los mexicanos no prosperó, pero años después otra insinuación daría lugar a una recompensa como no hay dos. En 1984, invitado a Sicilia por la elegante editorial Novecento, Borges jugó con la idea de un premio en que al ganador le correspondiera elegir al próximo laureado. La idea les gustó tanto a los editores que en 1986, y cada dos años, comenzaron a conceder uno: lo llamaron La Rosa d'Oro. Las razones diferían, con agudeza, de las de Nobel. Se entregaría a una personalidad viva "que haya contribuido con su obra literaria, musical o figurativa a aumentar el patrimonio de conocimiento, sabiduría y belleza de la humanidad". Borges, por supuesto, fue elegido ad hoc.

Ya muy enfermo, el escritor no pudo ir a recibirlo, pero sí designó a su sucesor. ¿Quién? Nada menos que Henri Cartier-Bresson. “Borges me dijo: ?Lo elijo a usted porque usted ve y yo ya no veo'. Yo le aclaré que no me gustaban las ceremonias. Pero Borges murió antes de que fuéramos a Palermo, que era donde se entregaba el premio. Él se había criado en Palermo, en la Argentina, y yo había sido concebido en Palermo, en Sicilia. Antes de morir, le dijo a María [Kodama] que ella sería la encargada de dármelo en su lugar. ¡Y la ceremonia tuvo lugar en el mismo hotel en que yo había sido concebido durante la luna de miel de mis padres! En la vida todas son coincidencias”.

El premio no puede dejar de recordarme las conspiraciones fabulosas de cuentos como “Tlön, Uqbar, Orbius Tertius” o “El congreso”. Las inquisiciones por la red, que se suponen inmediatas, apenas dan resultados. Hubo que dedicarle un buen rato a reconstruir la serie de confabulados a los que une esa misteriosa rosa de oro: Borges eligió a Cartier-Bresson; este al editor Giulio Einaudi, Einaudi al músico y compositor Pierre Boulez, Boulez a Peter Stein, el regista alemán a I.M. Pei, el arquitecto que concibió la pirámide de vidrio del Louvre a Eduardo Chillida, el escultor vasco al modisto Ives Saint-Laurent, que a su turno optó por el gran David Hockney, que a su vez seleccionó al polifacético Robert Wilson. La lista llega hasta fines de la década pasada. Ahí se pierde el rastro. ¿Seguirá existiendo ese premio a contracorriente? ¿O, a diferencia del Nobel, habrá alcanzado la perfección de que se lo siga otorgando en el más absoluto secreto?

PEDRO B. REY
“El premio que inventó Borges”
(la nación, 13.01.18)

15.1.18

animal político

...el hombre es por naturaleza un animal político, y, por eso, aun sin tener necesidad de ayuda recíproca, los hombres tienden a la convivencia. No obstante, también la utilidad común los une, en la medida que a cada uno lo impulse la participación en el bienestar. Éste es, efectivamente, el fin principal, tanto de todos en común como aisladamente. Pero también se reúnen por el mero vivir, y constituyen la comunidad política. Pues quizá en el mero hecho de vivir hay una cierta parte del bien, si en la vida no predominan en exceso las penalidades. Es evidente que la mayoría de los hombres soportan muchos sufrimientos por su vivo deseo de vivir, como si en el vivir hubiera una cierta felicidad y dulzura natural.

ARISTÓTELES
“Política (III)”

13.1.18

algo de chip shop boys


get lucky


starman


purple rain


sweet child o'mine

12.1.18

el frío no crea tiranos

Los mayores delitos se cometen a causa de los excesos y no por las cosas necesarias. Por ejemplo, los hombres no se hacen tiranos para no pasar frío.

ARISTÓTELES
“Política (II, 13-14)”

11.1.18

jugando con la luz


LA RUEDA DE LA MARAVILLA
data: http://www.imdb.com/title/tt5825380

En estos últimos años, Woody Allen está liberado de la superstición del éxito. Filma una película por año, unas mejores, otras peores, probando aquí y allá, dentro de un terreno en el que se siente cómodo. “La rueda de la maravilla” es su última película y, muy posiblemente, no sea de las afortunadas. Acordamos que puede ser una de sus obras menores. Sin embargo, podemos rescatar varias ideas interesantes, hallazgos que nos dejan pensando si en las obras menores de otros autores podemos hallar estos apuntes cinematográficos que encontramos en este Woody Allen light.

Acá Woody Allen se viste de dramaturgo. Es una obra muy teatral, en sus parlamentos y en su puesta en escena. Eso le da cierta artificialidad, cierta sintaxis de otro género que acartona la película. Woody Allen menciona en la película a Chejov. Pero su protagonista, Ginny, nos hace acordar a la Blanche DuBois de Tennessee Williams. Ginny es un personaje prisionero de sus pasiones, enamorada de un imposible y por el que decide apostar pese a las nulas probabilidades de éxito. Presa en un matrimonio sin amor, casada con un hombre simplón que patéticamente la ama, la casa es una jaula, los barrotes de la mediocridad cercando su futuro. Ginny todavía cree que la vida le puede deparar una posibilidad. Lo trágico es que está en esa parte de la existencia en que el destino no ofrece ninguna oportunidad. Sobre esa brecha entre el deseo y lo real se asienta el precario edificio de la tragedia de este personaje.



Woody Allen ubica a sus personajes en una casa con vista a la rueda de la fortuna de un parque de diversiones, en la Coney Island de los ’50, feria de atracciones para el entretenimiento popular y barato. El bullicio forzado es un contexto que resalta la amargura de Ginny. Sobre la felicidad burda de los otros, sobre los gritos y las carcajadas, su existencia gris resalta. La locación no tiene intimidad: un ambiente abierto con ventanas y puertas expuestas a la multitud. El contrapunto remarca las frustraciones del personaje que repite dos reacciones ante la tensión: la necesidad de una copa y la migraña sistemática. Ginny está por derrumbarse. Y ese amor de verano que aparece en su vida es la última evidencia de su condena.

El tenor trágico de Ginny se acrecienta porque está entrando en la madurez. Todavía puede seducir pero sabe que ya no puede enamorar. Y para cambiar de vida, necesita a ese hombre que es el salvoconducto para escapar de la trampa de ese matrimonio gris. El drama de Ginny es que puede manipular a Humpty pero no lo quiere y que al que querría dominar, al joven Mickey, ya no cuenta con suficiente poder de fuego para lograrlo. La seducción de Ginny está menguando como la luz del sol del atardecer que nos atrae por su calidez pero que está vecina a la noche. Refuerza esa idea la fotografía de Vittorio Storaro, saturando el plano de Ginny con esos tonos naranjas que van mutando en la misma escena, a una luz fría y azulada. Cuando Ginny está encendida (principalmente en sus diálogos con Mickey), adquiere un aura candente, una traducción visual de su poder de seducción. Pero esa luz es débil. Cuando se contrapone la figura de Carolina (una seducción más tosca, menos elaborada, pero que tiene la omnipotencia de la juventud), la iluminación de Storaro marca el eclipse de esos tonos naranjas. Atardece en Ginny cuando Carolina resplandece.



La tragedia se resuelve en el filme con un desenlace clásico: cuando Ginny no puede ganar por el deseo cae en el recurso burdo del crimen. Pero su intento final de atrapar a Mickey es el canto del cisne: se viste con el vestuario de esa obra teatral estudiantil que representa su cénit pero también su ocaso. La capa brillante, el vestido blanco escotado a lo Marilyn, el broche que luce en su cuello, el vacilante parloteo para ofrecerle a Mickey un perdón que él no tiene en mente pedir. El derrumbe de Ginny es completo y definitivo. El día siguiente es la resaca que confirma que su vida seguirá por los mismos carriles mediocres que la han llevado a ese punto.

Tal vez pueda criticarse que este ejercicio dramático de Woody Allen es plano, sin mucha sutileza, de manual en su planteo. Tiene una estrella que acapara todo: Kate Winslet como Ginny, aporta los mejores momentos del filme. Los restantes actores del drama (Jim Belushi, Justin Timberlake, Juno Temple) no terminan de hacer creíbles a sus personajes, no logran bajarse del cliché y eso resiente el resultado final. Posiblemente, las deficiencias estén más en el guion que en las actuaciones. Los parlamentos de estos personajes tienen menos sutileza, menos dimensiones que el de Ginny. La protagonista es el nodo centrípeto que ha extraído lo mejor de los otros personajes y los ha dejado seco para lucir ella.



Pero repetimos, aún con estas deficiencias que la ubican como una obra menor en la larga filmografía de Woody Allen, “La rueda de las maravilla” nos permitió reflexionar sobre su estructura y señalar algunos guiños al espectador. Eso habla de la maestría de un genio del cine que extrañaremos cuando ya no esté. Un artesano de la disciplina que no se suele ver en estos tiempos.



Algunas de las frases de “La rueda de la maravilla”:

-Estoy marcada. Me van a matar.
-Eso es lo que obtienes cuando te casas con un gángster.

Tengo que tomar una copa.

Cuando te casas con un hombre que se hizo rico poniendo los pies de las personas en cemento… ¡probablemente nunca tengas que lavar un plato!

-¿A tu esposa ya no le gusta ir a pescar ¿eh?
-Hizo como si le gustara. Me tiró el anzuelo. Yo era el pez.



Sabes que es una mujer marcada. No deberías seguir adelante.

-¿Te besó?
-¿Por qué te acaloras tanto?

¡Mi cabeza late con fuerza! ¡Todo se está derrumbando!

-Sé lo que hiciste.
-¿No crees que estás siendo un poco melodramático?

Cuando se trata de amor, todos somos nuestro peor enemigo.


10.1.18

dios en el dolor de muelas

cultura cientíƒica

(…)

Pero en otoño de 1654 Blaise Pascal sufre una profunda depresión. Su padre había muerto en 1651 y su hermana Jaqueline había ingresado en un convento. Entonces, se produce su conversión religiosa, tras un “accidente de tráfico”.

La noche del 23 de noviembre de 1654 Blaise Pascal iba dando uno de sus habituales paseos en coche de caballos al Pont de Neully. Al entrar en el puente los caballos se espantaron saltando el muro del mismo, pero antes de que estos en su caída arrastraran al carruaje, y a Blaise que estaba dentro, los enganches cedieron, quedando el carruaje, y en consecuencia también su pasajero, sobre el puente. El matemático se salvó de milagro.

Pascal vio este suceso como un mensaje de Dios y experimentó una especie de éxtasis religioso (esa misma noche del 23 de noviembre escribió su pensamiento sobre la experiencia en un texto de una hoja conocido como el Memorial, que está plagado de menciones a Dios), abandonando a partir de ese momento las matemáticas y la ciencia, para dedicarse por entero a la teología.

En ese periodo de tiempo dedicado a la religión escribe sus obras Lettres provinciales –Cartas provinciales- (1656-57) y los Penseés –Pensamientos- (se publicaría póstumamente en 1669), una defensa de la religión cristiana y una reflexión sobre el ser humano.

Pascal había abandonado completamente el estudio de las matemáticas. Pero ocurrió que una noche de 1658 sufría un terrible dolor de muelas, o quizás uno de los primeros dolores de cabeza que serían permanentes en sus últimos años de vida, y para intentar distraerse del dolor que sufría decidió dedicarse al estudio de la curva cicloide. La cicloide es la curva geométrica que describe un punto de una circunferencia que rueda sobre una línea recta.

Mientras trabajaba esa noche en la cicloide, el dolor de muelas cesó, lo cual fue interpretado por Pascal como que el estudio de las matemáticas no desagradaba a Dios y volvió de nuevo a dedicar parte de su tiempo a la investigación científica.

Por desgracia, en 1659 la salud de Blaise Pascal se deterioró mucho, por lo que tuvo que abandonar definitivamente el estudio de las matemáticas. Finalmente, el 19 de agosto de 1662, a la edad de 39 años, murió este gran científico, del que siempre se ha especulado sobre lo mucho que podría haber hecho, dado su gran talento para las matemáticas, si su vida hubiese transcurrido de otra forma.

(…)

RAÚL IBÁÑEZ
“Blaise Pascal, Dios y la cicloide”
(cultura científica, 10.01.18)